El psicoanálisis nació allí donde el cuerpo demandaba oirse de otra forma: en el cuerpo que duele, que se paraliza, en el que un dolor aparece focalizado sin causa aparente. Es un cuerpo que demandaba una invención de sentido distinta a la que ofrecen los discursos clínicos o médicos, pues revela una verdad en el padecer que persiste aun cuando las condiciones de bienestar orgánico o funcional están presentes. Es un malestar que no responde a una causa directa, clara e identificable, ni se agota en el tratamiento mediante los enfoques explicativos habituales.
Freud descubre las primeras coordenadas de esa verdad en la histeria. Se trataba de un sufrimiento corporal sin lesión orgánica, que no podía ser pensado como déficit ni como falla funcional, y que en su escucha inaugural da cuenta que en las narraciones de sus pacientes se presentaban lagunas, olvidos, lapsus, palabras desplazadas, condensaciones; un lenguaje oscuro, cifrado, fuera de lo articulable, donde la lengua revela el discurso del inconsciente. El síntoma surge allí donde algo no pudo ser dicho, porque estamos inmersos en un sistema que regula lo decible, lo prohibido e incluso lo imaginado; este sistema es el Otro en Lacan: un lenguaje previo a nuestro nacimiento que nos atraviesa, dicta sus coordenadas y deseos, y moldea la manera en que podemos inscribirnos en el mundo. Y, por otra parte, un lenguaje que no sostiene sino un hiato estructural: ningún significante alcanza para nombrar plenamente lo que se desea. El sujeto está dividido, pues su deseo excede lo que el lenguaje puede expresar, y lo reprimido o insimbolizable se inscribe en el cuerpo, generando un padecer que no se reduce a necesidades o disfunciones.
De lo que se trata, entonces, es de un cuerpo hecho de palabras, un cuerpo que debe leerse como un discurso. Aunque estamos atravesados por ese Otro, los modos en que tejemos y asociamos las palabras que cada uno formula al hablar de su historia, son únicas y particulares. Cada síntoma puede entenderse como una especie de mensaje del inconsciente: no se trata de algo casual, sino de una formación que condensa diferentes experiencias, deseos y conflictos del sujeto en un fenómeno particular de sufrimiento.
El cuerpo responde a otra anatomía, más allá de la biológica, es una zona donde se inscriben los significantes y ellos tocan la carne, y con ellos se hace un cuerpo:
Vivo de espaldas a los astros
Las personas y las cosas me dan miedo
Tan sólo escucho el sonido
De un saxofón hundido entre mis huesos
Los tambores silenciosos de mi sexo
Y mi cabeza. Siempre rodeado de espuma
Siempre luchando
Con mis intestinos y mi tristeza
Mi pantalón y mi camisa.
Decía Eielson.
El análisis, por lo tanto, no busca descubrir un sentido oculto desde afuera, sino leer cómo se estructura el síntoma dentro del lenguaje, cómo se organizan las palabras en aquello que decimos incluso en palabra vacia, es decir, esa palabra alineada con la imagen que el sujeto tiene de sí mismo y que procura coherencia, continuidad y reconocimiento para entrar a otro terreno, al de la palabra plena. Esa que lejos de la imagen especular posibilita una entrada para que el sujeto asuma algo de lo que ha emergido en su historia y en su lengua, no como una verdad cerrada o definitiva, sino como una implicación singular con aquello que lo determina. La potencia del psicoanálisis radica allí: en la apertura a escuchar una lengua que habla a través de nosotros, en leer lo que esa lengua dice de cada uno en una época que exige sujetos certeros, coherentes y consistentes, y que rechaza la división, la falla y la opacidad propias de la experiencia de estar vivos.
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