Constituirse en el lugar del Otro significa ser capturado por significantes que ya estaban allí antes de nosotros. Nuestro nombre propio, las primeras designaciones y las palabras que nos anteceden, nos inscriben en una red que nos sitúa, que nos coloca en un lugar previo y nos representa, incluso antes de que tengamos posibilidad de intervenir en ellas. Pero esos significantes no nos terminan de nombrar por completo, algo queda representado, algo queda fuera.
Ninguno puede abarcarlo todo, el mismo instante en que el sujeto es simbolizado, algo se pierde. La operación produce al sujeto barrado, es decir, al sujeto dividido, fracturado por el significante que intenta nombrarlo, y al mismo tiempo deja un resto irreductible: el objeto a, que surge precisamente de esa pérdida. No se trata de un objeto concreto, sino de aquello que no logra integrarse en la red simbólica. La pérdida no es un accidente posterior, mas bien, es el efecto necesario de la entrada en el lenguaje. ¿A dónde va ese resto que no puede ser simbolizado? No desaparece. Permanece como falta estructural y se manifiesta, en primer lugar, bajo la forma de la angustia. La angustia indica que el sujeto roza aquello que no puede simbolizar.
Solo después, a partir de esa pérdida, emerge el sujeto del deseo: el deseo aparece como una forma de relacionarse con esa falta, de bordear aquello que permanece como resto irreductible, sin poder abarcarlo completamente. Sin esa pérdida no habría pregunta dirigida al Otro, ni división, ni deseo. Habría, en cambio, una identidad cerrada sobre sí misma, completamente definida por los significantes que la nombran. Un sujeto totalmente dicho, completo, dejaría de ser sujeto: sería pura cosa representada. La falta es condición de posibilidad, no defecto a corregir. Por eso, la aspiración contemporánea a saberlo todo —a cerrar el sentido, a saturar cada experiencia con una explicación definitiva, desconoce que el lenguaje mismo está barrado, mas bien, pretende abolir la opacidad es desconocer que es justamente allí, en ese punto donde el sentido falla, donde el sujeto adviene. Querer eliminar la falta es, en el fondo, querer eliminar la posibilidad misma de desear, y con ello, la de estar en contacto con las exigencias y tensiones de estar vivo.
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